Mesa: Paola Mendoza

Texto: Fernanda Sela
Fotografía: Ana Lorenzana
Asistente de fotografía: Nicolas Leau

2310

Le damos reglas a la mesa, pero la mesa no tiene reglas. Existen libros y manuales que intentan imponer una imagen de cómo debe verse, cómo deben ir acomodados los cubiertos y los platos de acuerdo con un orden establecido, o cómo debe el anfitrión cumplir con su misión de recibir a los invitados y acogerlos. Lo cierto es que cada mesa es distinta —no todas son redondas o rectangulares—, y por lo tanto, cada quien crea sus propias leyes y pequeñas rutinas.

La mesa es absolutamente personal. En ella dejamos ver nuestros caprichos y excentricidades. Cada quien diseña este espacio a su antojo, y mientras va forjando su idea de cómo quiere que sean las cosas, según lo que considera importante, el gusto y la personalidad salen a ote. Y todo está ahí condensado, acomodado de manera sutil entre platos y utensilios que a veces combinan a propósito y otras por accidente.

No importa si lo que se planea es una gran cena o algo más informal; todo lo que sucede alrededor también es importante. El preámbulo que precede al desayuno, la comida o la cena, es un pretexto para saborear todavía más, de la misma manera que el momento que viene después, cuando la mesa está más viva que nunca.

Éste es un retrato de diferentes personajes y sus distintas formas alrededor de su mesa, en la que el hecho de comer es sólo un pretexto para revelar sus diferentes facetas. Con este ejercicio comprobamos que entre la mesa y su dueño existe un no paralelismo. Cada mesa supone un vistazo a la intimidad, y sentarse a compartirla es un acto de total con anza. Participar en este acontecimiento significa adentrarse en el universo del otro. Porque la mesa es la oportunidad para conocerlo. La mesa dice: “éste soy yo”.

Paola Mendoza
Socia fundadora de la revista HojaSanta

En la mesa Paola es detallista, pero no a un nivel en el que la sensación de rigidez haga sentir a los invitados incómodos o preocupados por ensuciar el mantel, sino todo lo contrario. Es que, desde su punto de vista, cuidar los detalles es el primer paso para hacer sentir importantes a quienes se sientan a su mesa.

La comida suele ser el eje central de sus reuniones sociales y, si se trata de compartir o de dar de comer, para ella no hay mejor sensación; no importa si son unos tacos, sólo una copa de vino o algo más elaborado. “Sonará cursi, pero únicamente así se alimenta el alma”, me dice.

Para Paola todo lo que pasa antes y durante una comida tiene su propio encanto. “Me gusta pensar en qué voy a cocinar e ir a comprar las cosas desde antes”. Aunque planear un menú y poner la mesa es una cosa, pero en realidad, cuando la gente llega, casi nunca está todo listo. “A los invitados les encanta meterse en la cocina, así que quien está cocinando se siente acompañado y tiene pinches gratis a los que se les puede pagar con vino”.

Todo ese caos ayuda a que el momento de sentarse a cenar sea todavía más rico. Aunque cuando eso pasa, Paola sabe que, por lo general, si eres quien recibe a la gente, sentarse a comer nunca sucede como tal, “porque estás pendiente de todos. Todo el tiempo te levantas y regresas a la mesa”. Aunque eso no importa, si una comida se convierte en cena, para ella es sinónimo de éxito.

Por eso es lógico que le guste pasar horas en la mesa con las personas que más le importan y que quiere. Paola vive con su novio, y para ellos la mesa es el punto donde se reúnen por lo menos una vez al día. Pero, además, la idea de convivir en una mesa con gente que no conoce, también le atrae. De hecho, piensa que la mesa es el lugar perfecto para hacerlo, pues es una oportunidad para “verdaderamente estar y conocer a la otra persona”.

Por algo la sobremesa es la parte que más le gusta, cuando “el host puede a ojar el mandil y sentarse a convivir, los invitados tienen la barriga llena; es el momento para dejarse estar”.