Other Voices, Other Rooms

Por: Daniela Valdez
Fotografía: Fernando Etulain

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Probablemente la definición de la palabra lujo no cambió en absoluto en todo el milenio pasado, pero a partir de que llegamos una vez más al año cero, todo se reacomodó. Si le hubiera preguntado qué significa esta palabra a mi abuelo —ojalá lo hubiera hecho—, probablemente me habría dicho que el lujo estaba ligado exclusivamente a los bienes materiales. Y no es que no aspiremos a estos mismos hoy, sin embargo, la vida es tan distinta (mi abuelo hubiera cumplido más de 100 este año), que su forma de vivir ya en sí era un lujo. Vivía en Minatitlán, Veracruz, y desayunaba camarones gigantes recién pescados todos los días. Nunca escuchó la palabra estrés o colesterol alto, y su comida era fresca y libre de pesticidas. No tenía una gran mansión, pero sí respiraba aire puro. Aunque en ese momento probablemente uno no pensaría que respirar ese aire era un regalo. 

Estamos hablando de todo un concepto que replantear. En los últimos años, el modelo de vida de los jóvenes es completamente distinto al de los padres que los educaron: mi idea de carrera ya no es estar sentada en la misma silla de la misma empresa durante cuatro décadas, subiendo, en tacones, los escalones del mundo corporativo de lunes a viernes, con seis días de vacaciones al año. En cambio, mis días me permiten encontrar diferentes momentos para disfrutar.

Lo confirmé hoy por la mañana, cuando manejé mi Buick Encore a un lugar que tenía ganas de conocer hace tiempo, el Squash 73. El navegador me avisó nuestra llegada a la calle de Antonio Caso, en la San Rafael. Este lugar era un espacio en el que los amantes del viejo orden entraban en a sacar el estrés de la semana. Alguien quería convertir este increíble espacio en un supermercado de una cadena. Pero afortunadamente no fue así.

Hoy es un centro multidisciplinario y amplio, bien iluminado, agradable y de arquitectura interesante. Los salones del antiguo se rescataron y se agregaron elementos como una barra de cemento. Todos los muebles, sillas y mesas de madera con hierro o cuero, son de la firma mexicana Taller Nacional. Las macetas de cerámica blanca, de formas geométricas con suculentas que las adornan, son de Somi. Y si te enamoras de algo, te lo puedes llevar.

Apenas llegué, me senté en la barra del café (Blom), pedí un latte y saqué la computadora para trabajar. Entonces llegaron los alumnos del taller y se acomodaron para trabajar en el primer salón. Aquí hay todo tipo de cursos, desde pláticas con artistas, talleres de dibujo y yoga. En cuanto me dispuse a escribir, comenzaron a llegar las modelos y el equipo para el shooting de una revista de moda, pues hay un estudio de foto de buen tamaño, a la renta.

Me pongo los audífonos y vuelvo a lo mío. Me da hambre, y para resolverlo camino unos pasos a Cobre Macizo, el restaurante de cocina oaxaqueña de Alejandra Servín, que forma parte del mismo lugar. Uno de esos donde puedes sentarte con un libro a ver la vida pasar. Pedí una tlayuda de flor de jamaica con tasajo, frijoles, mole y una salsa de chile manzano. Para entonces el espacio se llenó de vida, de juventud. Terminando de comer caminé un rato en las calles aledañas al Squash para acomodar mis ideas y seguir escribiendo.

El Squash 73 sintetiza mi idea de totalidad: un espacio creativo, un semillero de ideas y un lugar para el intercambio cultural. Es increíble que estaba destinado a convertirse en un centro de consumo desmedido, pero un grupo de jóvenes lo rescató.

Al salir, me encuentro conmigo misma en mi reflejo en la ventana de mi auto. A mi lado, un letrero neón rojo me dice ‘Good Luck’. Entonces me subo al auto para ir a casa y me dejo caer en los asientos de piel. Las cosas pequeñas son las más importantes. Vivir en esta ciudad llena de talentos, espacios y oportunidades en donde desarrollarlos, es increíble. Así son mis tardes, así es nuestro lujo, nuestros momentos.